¿Cuántos se van a salvar?
- P. Jorge Hidalgo
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La salvación de muchas almas está en peligro por la confusión en la moral cristiana creada incluso por algunos Sacerdotes y Obispos. Una vez más es necesario decir que no importa quién sea el que diga lo contrario, solo apegándose a la doctrina católica se alcanzará la vida eterna.

Por P. Jorge Hidalgo
Seguramente más de alguno le hizo esta pregunta al Señor: ¿Son muchos los que se salvan? Frente a esta pregunta hay muchas respuestas dentro de la ortodoxia de la doctrina católica. Por ejemplo, San Leonardo del Porto Mauricio, un gran misionero franciscano que convirtió muchísimas almas, tiene un escrito sobre la poca gente que se salva. Otros, como el Padre Antonio Royo Marín, cuyos libros son muy recomendables, tiene una respuesta más optimista, él dice que son más los que llegan a la vida eterna y al Cielo porque si no, sería como una especie de triunfo del demonio.
Como se ve, la respuesta a esta pregunta tiene una cierta indeterminación. Jesús no dice el número de personas que se van a salvar. Los protestantes, por ejemplo, creen que se salvarán solo 144,000 (cf. Ap, 7, 4), porque no entienden que los números en la escritura son simbólicos, especialmente en el libro del Apocalipsis. 144.000 quiere decir 12 x 12 x 1000 y cuando habla de miles, se refiere a una multitud, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, cada uno simboliza por el número 12, que eran tanto los hijos de Jacob (Israel) como el número de los Apóstoles.
Lo cierto es que nuestro Señor insiste en que tenemos que entrar por la puerta estrecha; que muchos van a querer entrar y no van a poder. Jesús también dice: “Ay de ti Corazín!, ¡Ay de ti Betsaida!, porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido.” Ante todo, el rechazo por la incredulidad se refiere a los judíos; ellos los invitaban a comer, sin embargo, caían en aquel pecado que el Padre Castellani llama fariseísmo, que es la corrupción de la verdadera religión. Es decir, tener la verdadera religión como si fuera un amuleto, una cosa de superstición; pensaban que, por ir al templo del Señor, por ejemplo, no les podía pasar nada, siendo que se portaban mal o estafaban, etc. Por esa misma razón fue destruido el templo, primero bajo la época del profeta Jeremías, y después bajo la época del Señor, cuando colmaron la medida de sus padres y mataron al Hijo de Dios.
Lo que pasó con el pueblo judío es una señal de lo que puede llegar a pasar con la verdadera religión. El Padre Castellani dice que toda la enseñanza del Evangelio de Cristo se puede sintetizar en esta frase, “luchó contra los fariseos”. Así, nosotros no podemos tomar la práctica de la religión como si fuera una cáscara o una religión puramente exterior.
El Obispo traidor
Esto no solo pasó a los judíos antes de Cristo; también ocurrió cuando Nuestro Señor vivió en el mundo y puede llegarnos a pasar a nosotros también. Pensemos en Judas, prototipo del mal judío; había comido con Cristo, también había bebido con el Señor. De hecho, el Jueves Santo, el Señor mojó la comida en el plato y se la dio a él, que era un signo de hospitalidad y de caridad. Incluso los exégetas católicos discuten si Judas recibió la comunión aquel día, en donde el Señor se quedó por primera vez en el Santísimo Sacramento (algunos dicen que sí, otros dicen que no).
Lo cierto es que el Señor lo trató hasta el último momento de amigo, y ¿quién más traidor que él? Vendió al Señor por dinero, como si fuera un esclavo, por 30 monedas. Si hay alguien que comió con el Señor y bebió, y que tuvo tantas pruebas de caridad, fue Judas. Más aún, seguramente Judas fue Obispo, habrá echado demonios en nombre de Cristo, y uno se pregunta, ¿cómo puede corromperse alguien así? Lamentablemente puede pasar y no solo pasó en la época de nuestro Señor; a lo largo de toda la historia de la Iglesia han existido miembros de la Iglesia traidores.
En el siglo IV dijo San Jerónimo: “nos acostamos católicos y nos despertamos arrianos”, pues la inmensa mayoría de los obispos había apostatado de la fe. Otro ejemplo es el de San Juan Crisóstomo, que fue especialmente perseguido por el emperador y los obispos que no querían la reforma que él quería llevar a cabo. Fue desterrado y así murió, y eso ocurrió en la época de oro, de la patrística, y como hemos dicho, sigue pasando hoy; uno enciende la televisión y ve a diversos Obispos que dicen cosas contrarias al Evangelio, ¿cómo puede ser eso?
Esta crisis que vivimos en los siglos XX y XXI me hace acordar a aquella parte del secreto de Fátima que no fue revelada, en la que se dice que la apostasía se verá desde el vértice de la Iglesia, y eso no fue aclarado por el Cardenal Mario Luigi Ciappi, Teólogo del Papa, que conoció el secreto de Fátima. Pero eso mismo aparece tanto en Garabandal como en Akita. En Akita, Japón, la Virgen dijo que “se verán Cardenales contra Cardenales y Obispos contra Obispos”; y es lo mismo que dijo en Garabandal. En una aparición dijo que la copa se estaba llenando y después dijo que la copa de la ira de Dios estaba rebosando, y se verán a muchos Sacerdotes y Obispos que llevan almas por el camino de la perdición.
Algunos Sacerdotes y apóstatas se han transformado en demonios
Esto explica la razón por la cual la gente está tan confundida. Hay Sacerdotes que dicen que el aborto está mal y otros dicen que está bien; unos dicen que las pastillas anticonceptivas están mal y otros dicen que están bien; otros Sacerdotes aprueban la convivencia de los novios antes del matrimonio, la ideología de género, el yoga, etcétera. Y la gente tiene una confusión espantosa… ¿cuál es el problema?
El problema está en que los Sacerdotes y los Obispos, los pastores de almas, los que debían ser luz, se han transformado en tinieblas. El sacerdote debería ser como un ángel, llevando las almas al cielo, porque la función del ángel en el plan de Dios es iluminar a los inferiores. Pero algunos Sacerdotes y apóstatas se han transformado en demonios, lo dijo San Jerónimo, no lo digo yo. Es como dice el libro del Apocalipsis, el dragón con su cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó contra la tierra. Es decir, aquellos que debían iluminar la noche y la oscuridad están contra la tierra.
Entonces, claro, hoy vemos una confusión gravísima en el seno de la iglesia, en muchísimas almas, muchísimas personas, y cabe preguntarse, ¿cuántos se van a salvar? No sabemos el número, pero lo que sí sabemos es que tenemos que entrar por la puerta estrecha. Si alguien nos dice que no es necesario cumplir los diez mandamientos, que no es necesario orar o que todos nos vamos a salvar; esto no es así, debemos vivir según la doctrina católica, vivir según el corazón de Jesús, vivir en gracia de Dios y siempre de acuerdo con el querer de Cristo.
Porque esto es lo que quiere decir “entrar por la puerta estrecha”, entrar por Él. En el Evangelio de San Juan, capítulo 10, en la parábola del buen pastor, Jesucristo dice “Yo soy la puerta de las ovejas”; entonces si queremos salvarnos tenemos que ingresar por Cristo, Él es la puerta, Él es el camino hacia la salvación. ¿Y cómo vemos a nuestro Señor? A nuestro Señor lo vemos en la Cruz.
La puerta es Cristo y María nos lleva a Él
Cristo está crucificado. El camino a la vida eterna es ese, no podemos querer inventar un Cristo distinto, porque si alguien nos presenta la salvación fuera de Cristo crucificado, que sea anatema, dice San Pablo. Es decir que no podemos adaptar la fe con base a lo que a nos gusta o nos conviene.
Por eso es que, cuando uno quiere inventarse un nuevo evangelio, termina fuera del reino de Dios, aunque haya comido con Cristo, aunque haya estado en la Santa Misa, aunque haya celebrado los divinos misterios. Por eso San Juan Crisóstomo dice que el infierno está tapizado de sotanas y de mitras de obispos. Tenemos que estar muy atentos de no apartarnos nunca de la doctrina de la iglesia, de siempre leer el Catecismo de la Iglesia Católica, creer eso y vivir de acuerdo con ello aunque nos cueste, aunque evidentemente todos podemos tener algunos pecados, algunas dificultades en nuestra vida interior, todos los tenemos, pero no podemos adaptar el Evangelio a lo que a mí me gusta escuchar para que me consientan mis pecados.
Por supuesto, el Señor vino a buscar a los pecadores y vino para que los que están enfermos se sanen, pero el Señor dijo siempre la verdad y siempre dijo a los pecadores: “vete y no peques más en adelante.” Así que tenemos que esforzarnos en ello y vivir siempre de acuerdo con la doctrina católica, no inventarnos el Evangelio, sino vivir de acuerdo al Evangelio; que la norma sea Dios, que nuestra vida no esté basada en el hombre, sino en Dios. Que Dios nos conceda esa gracia de vivir según su querer, de vivir según los diez mandamientos, que reflejemos a nuestro Señor Jesucristo y que Él sea nuestro modelo a imitar.
El rey del tiempo y de la eternidad es el Verbo encarnado, es Jesucristo; que en Él siempre nos miremos. Hagamos el propósito de examinarnos para descubrir nuestro vicio dominante, nuestros defectos, para trabajar en ello por nuestra salvación “con temor y temblor”, como dice el Apóstol en la carta a los Filipenses. Que la Virgen Santísima, nuestra Señora, nos conceda ingresar por Jesucristo, como dice un canto antiguo de la Iglesia: “para que al Cielo ingresen los que lloran, eres tú la ventana del costado”. La Virgen es la puerta que nos ayuda a llegar a Cristo, Puerta principal, pues Él es el único Mediador entre Dios y los hombres. Que la Virgen nos conceda con sus ruegos la gracia de convertirnos, de pensar según el Evangelio y de vivir de acuerdo con ello, aunque nos cueste, para que donde está Cristo reinando para siempre, ingresen aquellos que se parecen en este mundo a Cristo por la gracia, y que lo gozarán para toda la eternidad.